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Revista Ferreteros: Mocar, 100 años de historia


Todo comenzó a principios de 1918 con mi abuelo, Don Riven, quien huyó de la persecución en los Pogroms rusos, en Ucrania, con su joven esposa y suegra, con quienes viajó durante casi un año por los mares del sur, hasta llegar al puerto de Buenos Aires, Argentina, con su primogénita nacida en alta mar. Le preguntaron si ese era su destino o si seguían a Estados Unidos, y decidieron quedarse.
De profesión fundidor, se instala en el Barrio de Floresta, donde co- mienza su historia con una pequeña fundición de manijas de bronce, de gran valor en aquellos tiempos.
Tuvo que pelear contra la discriminación hacia los extranjeros, sal- vando su pellejo varias veces.
La vida lo bendijo con cuatro hijos más, siendo mi padre, Mauricio, el mayor de los varones.
Cuando mi padre tenía aproximadamete 10 años, mi abuelo lo envió a visitar a un potencial cliente, con las muestras de las manijas. Se trataba de un paisano ucraniano, como mi abuelo, fabricante de muebles en Avellaneda.
Luego de horas viajando en trolebús, mi padre llegó a destino. El paisano lo recibió y le hizo un pedido tan grande que el pequeño Mauricio se quedó sin aire!
Presto e inmensamente feliz, volvió a su casa para compartir seme- jante noticia. Pero mi abuelo, pensando que le estaba tomando el pelo, no creyó lo que el pequeño aseguraba sucedió. Finalmente, el apoyo de toda la familia convence a don Riven de que el pequeño estaba diciendo la verdad.
Juntos, mi abuelo con su hijo, parten a Avellaneda para volver a visitar a su paisano ese mismo día y confirmar la historia.
Cuando llegan al lugar, mi abuelo encara con desconfianza a su paisa- no. Pero el mueblero confirma el pedido, por lo que ambos acuerdan el anticipo de una fuerte suma de dinero y sellan el pacto salivando sus manos, que estrechan fuertemente, cerrando el negocio tal como se estilaba en esas épocas.
De regreso, en el trole, mi abuelo decide bajar en el centro de la ciudad, a mitad de camino. Allí compra en una agencia su primer automóvil, con el que conducen hasta Floresta, a donde llegan a los bocinazos, llamando la atención del vecindario y de toda la familia que no puede creer lo que ve.
Ese primer gran pedido abrió las puertas al crecimiento de la em- presa familiar que años más tarde comenzó la fabricación de los emblemáticos motores eléctricos MOCAR, desde 1945 pioneros de la Industria Argentina.

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